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ESPECIAL DÍA DEL LIBRO: LA HISTORIA DE LA LECTURA EN CHILE

El poder de la palabra escrita

La palabra escrita, huella fija y duradera, adquiere significado a través de la lectura, práctica inserta en el plano de lo efímero, de la invención y de lo plural, que implica un encuentro entre el mundo del texto y el lector, quien condicionado por sus variantes sociales, espaciales y temporales lo recibe y apropia.


Leyendo a la luz de las velas

La práctica de la lectura llegó a Chile con los españoles. En efecto, el secretario de Pedro de Valdivia, Juan Cárdenas trajo consigo el primer libro que vieron estas tierras: De Regimini Principium de Tomás de Aquino.

Durante La Colonia predominó en la Capitanía General de Chile, una valoración social adversa a la cultura ilustrada y al libro. La gran mayoría de los españoles que llegaron a colonizar estas tierras eran analfabetos, militares y aventureros, por lo que leer era una práctica exclusiva de unos cuantos sacerdotes e intelectuales peninsulares, una pequeña minoría, principalmente masculina, que sabía leer y a la luz de las velas, estudiaba textos escolásticos y religiosos en sus bibliotecas privadas.

Los pocos colegios que se instalaron en Chile desde fines del siglo XVI, eran exclusivamente de origen religioso y contaban con pequeñas bibliotecas de libros, en su mayoría escolásticos y católicos. Sólo los niños, no las niñas, podían asistir y aprender, muy superficialmente, a leer, escribir, sumar y restar. Se aspiraba a que los alumnos, en un corto plazo, se convirtieran no en intelectuales o pensadores, sino en militares o sacerdotes que contribuyeran a la principal misión de la corona en Chile: Instruir a las personas en la fe y colonizar las tierras.

Debido a la omnipresente censura que aplicaba la Inquisición, no se conocían letras europeas que no trataran sobre temas religiosos. Esto, sumado al alto precio de los libros y la larga espera de su llegada (tardaban meses en arribar desde España, si es que no eran confiscados por la Inquisición antes), hizo que muy pocos se dedicaran a la lectura, entendida principalmente como una acumulación de conocimientos.

Este negativo escenario, sin embargo, no impidió que personas como el obispo Manuel de Alday y Aspee lograra reunir 2.058 volúmenes o que José Valeriano de Ahumada acumulara cerca de 1.449 libros en su biblioteca privada. Entre las pocas obras permitidas por las autoridades civiles y eclesiásticas estaban El Catecismo del Padre Gerómino de Ripalda, El niño instruido en la Divina Palabra de Fray Manuel de San José, La guía de pecadores de Fray Luis de Granada y La curiosa filosofía del Padre Nuremberg, entre otras.

La prohibición para la circulación de libros de materias profanas y fabulosas terminó por impedir el desarrollo criollo de géneros como el teatro o la novela. Aún así, cronistas como Diego de Rosales, el Abate Molina y Alonso de Ovalle; y poetas como Pedro de Oña, Alonso de Ercilla y Zúñiga y Pancho Millaleubu, quién con su poema "La Tucapelina" dio por iniciada la poesía satírica en Chile en 1783, lograron inspirarse en estas lejanas latitudes.


Creando una sociedad lectora

Ni siquiera la llegada de la Imprenta en 1811 significó grandes cambios en la percepción social de los libros. La censura hacia obras consideradas "inmorales" era una práctica social generalizada y el hábito de la lectura continuó siendo un acto intensivo, privado y silencioso de sólo algunos letrados.

A partir de 1840, gracias a la intervención de importantes ilustrados de la época, entre ellos, José Victorino Lastarria, Andrés Bello y Domingo Faustino Sarmiento, empezó un desarrollo gradual en la educación y en la cultura de Chile. Un conjunto de ideas y aspiraciones se institucionalizaron e intentaron formar a los ciudadanos de la naciente República bajo la "doctrina del progreso" canalizada en diarios, revistas, leyes y libros históricos. Así la palabra impresa se transformó en el mejor vehículo para alcanzar la "civilización".

Consciente de la importancia de la educación para el acceso a las letras, Domingo Faustino Sarmiento fue un precursor de la educación en el país, sobre todo, tomando en cuenta que sólo el 13% de la población sabía leer. Sarmiento, al igual que los liberales de la época, consideraba que a través del saber ilustrado, el pueblo aprendería valores morales que lo sacarían de la ignorancia y la superstición.

El libro y su lectura comenzaron a ser valorados como un vehículo insustituible de pensamiento, de ideas y de conocimiento; como el único instrumento para educar no sólo a los niños, sino también a los pueblos que venían recién iniciando su vida independiente.

Sin embargo, a pesar de la voluntad civilizadora con libros prácticos, útiles y serios, las novelas -folletines, importadas o impresas en el país y distribuidas principalmente por periódicos, eran las principales obras que circulaban. Novelas como Misterios de Londres de Paul Féval, El Judío Errante de Eugene Sue, La Maraña de Balzac y Crímenes Célebres de Alejandro Dumas eran vendidas a gran escala para la época.

Frente a esta realidad comenzó un debate sobre la finalidad del libro. Mientras unos planteaban que debía ser moralizador y práctico, los liberales comprendieron que sólo a través de las novelas se podía inducir a la curiosidad, para luego estimular la lectura de obras más útiles y educadoras... "Se pueden suministrar al pueblo libros morales, religiosos, modelos de pureza de lenguaje, útiles y buenos; sin embargo a ese pueblo no puede llevarse por la fuerza y maniatado a la biblioteca, a leer lo que nada le mueve a leer. El pueblo, es decir, el que no tiene hábito de leer, comienza a leer uno de esos libros tan recomendados y principia por bostezar y acaba por dormirse", decía Sarmiento en 1869 (Subercaseaux, Bernardo. Historia del libro en Chile: (alma y cuerpo). Santiago de Chile: Lom, 2000, pág 59).


Leyendo en los salones

Una de las formas más extendidas durante este período entre las personas ilustradas fue la lectura en los salones. Maximizando los escasos textos que circulaban; se leían en voz alta ante un auditorio mixto, apropiándose colectivamente de los escritos. Debido a la escasa y precaria educación que existía en el país -sólo el 13% de las mujeres sabía leer- los salones literarios, liderados por damas de la elite, funcionaron como un espacio destinado al fomento de los conocimientos ilustrados entre las mujeres, dirigidos hasta entonces exclusivamente a los varones.

Grandes anfitrionas como Mercedes Marín del Solar, Lucía Bulnes de Vergara y Laura Cazotte de Antúnez, entre otras, hicieron de sus salones lugares en donde el libro y la escritura eran el sustento de la sociabilidad culta que ahí se desarrollaba.

Mercedes Marín escribió en 1865: "¡Cuán hermosas páginas de Fénelon, de Cervantes, de Chateaubriand, y en suma de Madame de Säel, han rodado por nuestras manos, y encantado los oídos de nuestras madres en algunos ratos de ocio en nuestras deliciosas veladas! Si no bastaban los libros de nuestras casas, los amigos traían los suyos. Su lectura daba amplia materia de conversación a la gente joven, estableciéndose así un cambio mutuo de ideas, no menos favorable al cultivo del talento, que al desarrollo de los más puros y honestos del corazón" (Vicuña, Manuel. La belle époque chilena: alta sociedad y mujeres de elite en el cambio de siglo. Santiago de Chile: Editorial Sudamericana, 2001. p. 89).


Novelas románticas y primeros éxitos editoriales

Desde mediados del siglo XIX y hasta 1920 aproximadamente, mientras -se consideraba que- los hombres leían obras de estudio y clásicos, las miradas de las instituciones católicas y conservadoras se posaron sobre la "perniciosa" tendencia femenina a leer novelas románticas, las que fueron absolutamente censuradas por considerarlas un voraz vicio femenino y nocivas para la moral.

Los textos de sensibilidad romántica, como Malditas sean las mujeres del español Manuel Ibo Alfaro o Felipe Derblay de Jorge Ohnet, se pasaban de mano en mano entre las jóvenes lectoras, estimulando las pasiones y la sensibilidad.

Por tratarse de una lectura de entretención, y considerando además su carácter secular que permitía libertad de interpretación, sin intermediarios religiosos o civiles, se les atribuía un efecto liberador en la conciencia femenina. En este sentido instituciones católicas y conservadoras hacían constantemente llamados a los padres a controlar la lectura de sus hijas, advertían sobre los peligros de la emancipación literaria y señalaban el riesgo de que la libre lectura traspasara las fronteras del hogar enviciando la moral pública y privada. El Estado por su parte, vio en la novela la oportunidad de promover una moralización laica y nacional.

Hacia fines del siglo XIX, la lectura comenzó a ser percibida como un hábito que permitía el ascenso social. A esto se le sumó la formación de un incipiente circuito de cultura popular y tradición oral representado a través de la Lira Popular. Además, comenzaron a surgir éxitos de ventas editoriales nacionales como Juana Lucero (1902) o Casa Grande (1908), que durante sus tres primeras semanas vendió 60.000 ejemplares.


Lectura y cambios sociales

Con la llegada de la luz eléctrica el panorama para los lectores se hizo cada vez más propicio. El Estado comenzó a promover la lectura y el libro se convirtió en el gran protagonista de las transformaciones sociales que comenzaron a gestarse a partir de 1920. El hábito de la lectura por ocio se extendió, a lo que se sumó la inmensa diversificación de oferta del mercado editorial. Los libros se tomaron parques, cafés, playas y campos. Al mismo tiempo, se consolidó la lectura nocturna, único momento de tranquilidad para miles de trabajadores.

Durante la segunda mitad del siglo XX, las protagonistas indiscutidas de la cultura impresa fueron las revistas e historietas. Ellas impulsaron la formación de una lectura más rápida, superficial y fuertemente asociada a la imagen.

Entre 1950 y 1970 comenzó a consolidarse la formación de una sociedad de masas moderna, influenciada por las emergentes industrias culturales como la radio y la naciente televisión, que inspiraban nuevas modas y estilos de vida.

Las revistas fueron quienes representaron a la palabra impresa en este proceso de masificación cultural. Durante los años '60 las editoriales Lord Cochrane y Zig-Zag, publicaron más de 15 revistas y el volumen de venta de éstas representaba, para ambas casas editoriales, más del 90% de sus ingresos.

A través de su variada y segmentada oferta convirtieron a los distintos miembros de la familia en consumidores específicos de ciertas revistas. La Editorial Zig-Zag publicó para los niños, 33 revistas de historietas, llegando a sacar una revista de la serie Disney cada día del mes. Por su parte Lord Cochrane, lideró las ventas con su popular Mampato.

Los jóvenes compraban Ritmo, Rincón Juvenil o Paula, mientras que las dueñas de casa podían escoger entre Eva, Confesiones y Vanidades, entre otras. Las historias románticas se reproducían semanalmente en las fotonovelas de Corín Tellado o de Cine Amor, mientras que los hombres podían leer Gol y Gol y enterarse de la actualidad con Ercilla.

Adoptando un lenguaje centrado en imágenes, las revistas adoptaron los contenidos televisivos de la época y lo plasmaron en sus páginas, ofreciendo así una lectura mediatizada, liviana y anecdótica.

En 1970 el Estado, en un intento por democratizar el alcance de libros hacia todos los grupos sociales fundó la editorial Quimantú. Sin embargo, este impulso no fue continuado por el nuevo proyecto político. La consolidación de una sociedad de masas liderada por la industria cultural televisiva, modificó el consumo de los libros y hábitos de lectura, generándose lo que muchos han llamado "crisis de la lectura".


Leyendo en el siglo XXI

La irrupción de Internet implicó un cambio absoluto en el consumo intelectual y en forma más específica en la experiencia lectora. Nuevos usos, nuevas formas, nuevos soportes y nuevo tipos de textos crearon, y siguen creando, prácticamente infinitas formas de lectura caracterizadas ya no por la linealidad del texto impreso, sino por la vastedad del hipertexto.

Hace casi 470 años llegó a Chile el primer libro... Hoy celebramos entre libros de papel y libros electrónicos, y pareciera ser que, finalmente, el gesto es el mismo y lo único que importa es que, como propone Chartier, "Frente al texto, el lector es libre".